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Otro Día, En Extranjería

April 1st, 2009

Desde la primera vez que estuve ahí, hace cuatro años cuando hice 11 horas de cola para que luego me rechazaran la solicitud por una imprecisión en un documento, hasta el día de hoy, las visitas a la Delegación de Extranjería de la Avenida de los Poblados en Madrid resultan siempre una experiencia nefasta.

En los últimos cuatro años he acudido para hacer todos los trámites concernientes a mi permiso de residencia y trabajo: ingresar solicitudes, poner huellas digitales y recoger credenciales -la original y dos renovaciones-  más las muchas otras veces que hay que regresar al día siguiente por tener información errónea sobre los documentos a presentar, o por no saber las fechas u horarios en los que se reciben (los teléfonos de información están colapsados siempre y en la entrada al edificio hay fotocopias improvisadas que dan ciertas instrucciones sobre algunos procesos) por lo que calculo que voy a la Brigada de Aluche una media de tres veces al año.

En mi penúltima última visita -en noviembre del año pasado- un Policía Nacional, al ver que algunos tiritábamos incluso estando ya dentro del edificio luego de haber esperado por casi cinco horas fuera de éste bajo temperaturas gélidas, nos instó -casi nos pidió- que rellenáramos una hoja de reclamación. Poca gente sabe que éstas están disponibles, y menos gente se anima a rellenarlas por miedo a que esto pueda influír negativamente en sus trámites de extranjería, eso sino contar que después de esas infames esperas uno lo que más quiere es regresar a casa a derrumbarse.

“Ustedes son los únicos que pueden cambiarlo” nos arengó el policía. Los tres o cuarto aludidos coincidimos que era una idea razonable, aunque al final yo fuí el único que hizo la reclamación. El propio policía me ayudó a conseguir la hoja y un boli para que la rellenara. Mientras escribía, hablamos de las condiciones infrahumanas a las que se expone la gente que acude a la delegación y de la mala leche y los oídos sordos de las autoridades. Yo no lo podía creer, era la primera vez que hablaba dentro de ese edificio con un español de tú a tú.

De cualquier manera, al salir de la delegación tenía en el cuerpo la misma sensación de maltrato que aquella primera vez. Después de todo, había  pasado cinco horas a la intemperie, habíamos sido acarraeados de un patio a otro, con mínimos lugares para sentarse, recibiendo llamadas de atención desde un altavoz cuales presos, y con la tensión constante de que cualquier listo puede colarse en la fila si se lo propone.

La primera vez que estuve ahí, en pleno agosto madrileño, me pertreché con sandwiches, fruta y 4 litros de agua que prácticamente ni toqué, porque a las 9 de la mañana, luego de 4 horas de cola, tuve que hacer una excursión a unos matorrales en la parte posterior del edificio antiguo (entonces abandonado, ahora demolido) Hospital de la Cárcel de Carabanchel para orinar, porque en la zona de espera -por llamarle de alguna manera a ese patio infecto- no había baños públicos, y en las cercanías no hay cafeterías ni bares hasta la estación del metro de Aluche, que está casi a un kilómetro de distancia. Da la impresión de que la Brigada está ubicada en un punto estratégicamente alejado del centro.

Entonces entedí que si la espera sería larga -al final fueron 11 horas de cola- no debería tomar demasiada agua porque en un par de horas la cola llegaría más allá de los matorrales que me habían servido de orinal, por lo que tendría que buscarme otro lugar, además de correr el riesgo de no llegar a tiempo a alguno de los pases de lista organizadas por la misma gente en espera, para mantener el orden y alejar a quienes se intentan colar. La dependencia nunca ha expedido fichas o listas para respetar el orden de llegada, y toda señalización es improvisada.

El otro detalle que me sorprendió entonces fue la cantidad de basura. Todo el patio y los soportales del hospital abandonado estaban cubiertos por los desperdicios producidos por los cientos de personas que habían hecho cola el día anterior. A eso de las 11 de la mañana aparecieron unos camiones de limpieza, de los que bajaron personas que barrieron toda la basura, amontonándola en varios lugares alrededor del patio, para luego irse sin recogerla, por lo que se podía deducir que aquellos desperdicios habían sido producidos a lo largo de varios días

Aquel aparente orden -siempre autogestionado por quienes esperábamos- se rompió cerca de las tres de la tarde, cuando faltaba una hora para que se abrieran las puertas (en aquel entonces el horario público de aquellas oficinas comenzaba a las 16:00 horas), que fué cuando varios grupúsculos de personas comenzaron a arremolinarse en la entrada para colarse. Muchos lo lograron, porque los policías que se supone controlaban la entrada, no estaban por la labor.

Cuatro años después, algunas cosas han cambiado: el patio del hospital, que entonces era donde se “ordenaban” las diferentes colas, está vallado debido supongo a la reciente demolición de la antigua cárcel de Carabanchel. La gente ahora hace cola en un párking no pavimentado, donde por cierto ya se han acondicionado 2 letrinas (dos) portátiles que alguien supondrá que suficientes para los cientos de personas que pasan ahí a diario.

De ahí en fuera, el personal sigue siendo casi el mismo, incluso ya hay caras que suenan familiares. La gente que va a hacer trámites acude con resignación y miedo al regaño por cualquier cosa. Cuando llega el día que me toca ir por allá, me cargo de buenas lecturas; ropa cómoda para la ocasión (dependidendo si hay que lidiar con frío o calores extremos); y sobre todo de mucha actitud porque el que va a la Avenida de los Poblados sabe que hay mucha mierda por delante que soportar. Aún así, hay días como el viernes pasado que por más que uno se mentalice, queda una sensación de derrota de la dignidad propia que no creo que sea necesaria para realizar un trámite administrativo.

Estoy seguro que muchos de los que salen de ahí tienen la misma intención de denunciar y de contar lo que ahí pasa, pero como siempre la situación es de desventaja -la de un cuidadano de segunda- además que poca gente sabrá de los medios para hacerlo, ya sean hojas de reclamación, defensores ciudadanos, asociaciones, blogs, etc… que este malestar se queda enterrado en un lugar lejano como lo es la Delegación de Aluche, un paraje inhóspito, perfecto para ocultar todo lo que ahí sucede.

Cuando aquel Policía nos sugirió lo de la hoja de reclamación, creí inicialmente que se trataba de otra actitud altanera e sarcástica como las que suelen tener los funcionarios de aquella delegación. Luego de unos segunos me dí cuenta que iba en serio. Antes de despedirnos me extendió la mano y me dijo “Aqui hace falta gente como usted”, a lo que yo le respondí exactamente con la misma frase.

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